Consideraciones ante el tratamiento psicofarmacológico de personas con discapacidad intelectual.

Medicina psicosomática, psicología, salud, trastornos mentales, psicoterapia, ansiedad, depresión
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Las personas con discapacidad intelectual presentan las mismas enfermedades psiquiátricas que la población no discapacitada. Las creencias y manifestaciones que asocian la discapacidad intelectual con la enfermedad mental sólo es fruto del desconocimiento y del hecho de que el principal problema de los trastornos psiquiátricos en las personas con discapacidad intelectual reside en la dificultad para diferenciar entre los síntomas conductuales de un trastorno psíquico de aquellas conductas que son el resultado de procesos de aprendizaje, o que son controladas por el entorno. Los síntomas psiquiátricos farmaco-respondientes en personas con discapacidad intelectual están a menudo distorsionados o enmascarados por el estadio de desarrollo, por la edad mental y por las limitaciones funcionales del sujeto.
La diferenciación es importante porque la forma de tratamiento será también diferente. Por ejemplo, las autoagresiones pueden ser síntomas conductuales relacionados con la prevalencia de un trastorno obsesivo-compulsivo, de bipolaridad o de un trastorno de ansiedad en personas con discapacidad intelectual severa, en cuyo caso el tratamiento va destinado a abordar la enfermedad psiquiátrica subyacente. Pero, también la hostilidad, la irritabilidad puede ser la manifestación de una depresión, como igualmente lo pueden ser el desinterés por actividades placenteras, los trastornos del sueño, la agitación psicomotora, la disminución del apetito o las rabietas. No interpretar estos síntomas de forma correcta puede conducir erróneamente a la prescripción de antipsicóticos y al consiguiente empeoramiento conductual, que habría mejorado bajo el efecto de los antidepresivos. Pero al igual que un psiquiatra puede, sencillamente, interpretar (especialmente si tiene una visión psicodinámica[1] de la enfermedad mental) la alteración conductual como un síntoma psicótico y administrar un fármaco antipsicótico; un terapeuta conductual puede utilizar estrategias de refuerzo negativo y de castigo con la misma intención, sin considerar la posible funcionalidad de la conducta para interaccionar con el medio. Y es que las causas de trastornos conductuales en la discapacidad intelectual pueden estar relacionadas con enfermedades psiquiátricas, con alteraciones orgánicas o con enfermedades médicas y psicosomáticas, así como aquellas que tienen su génesis en los procesos de aprendizaje. Por ello, cuando evaluamos una conducta desafiante, agresivas, autolesivas, como otras muchas conductas disociales, es importante determinar la finalidad de la misma para la persona, su eficacia desde un punto de vista multidisciplinar, es decir, que no sólo dependa del criterio de un psiquiatra o de un médico, ni que tampoco quede el abordaje de este tipo de conducta al pairo de una evaluación psicológica al margen del objetivo de proporcionar al facultativo, o al equipo, información objetiva para evaluar el beneficio/riesgo de un tratamiento psicofarmacológico, por ejemplo, favoreciendo la exploración y promoviendo la entrevista psicológica para que el diagnóstico no se limite a conclusiones basadas en la mera observación conductual de las manifestaciones verbales y no verbales de la persona con discapacidad intelectual, o en las impresiones subjetivas de familiares y cuidadores.




[1] Psicoanalista, Freudiana.
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