Cáncer y Depresión en jóvenes adultos (un caso de joven con discapacidad intelectual)

Medicina psicosomática, psicología, salud, trastornos mentales, psicoterapia, ansiedad, depresión
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Aunque la mayoría de las personas que padecen cáncer son adultos mayores, la incidencia de cáncer en los niños, adolescentes y jóvenes adultos, no disminuye. Estos pacientes tienen problemas psicosociales únicos, incluida la depresión, que con frecuencia requiere tratamiento clínico especializado. Todos estos jóvenes con cáncer están en riesgo de depresión debido a las interrupciones en su trayectoria vital de desarrollo, una mayor carga de síntomas físicos y una mayor probabilidad de desarrollar agresivamente la enfermedad. Las tasas de depresión y otros trastornos psicológicos son sustancialmente más altos en adolescentes y adultos jóvenes con cáncer en comparación con los adultos mayores[1] , si bien las intervenciones psicosociales diseñadas específicamente para este tipo de pacientes son muy favorables en comparación con los pacientes de edad avanzada.

Hace unos días me llamó el padre de una joven con discapacidad intelectual enferma de un cáncer gastrointestinal (frecuente en esta población)[2] , muy preocupado por el estado de depresión de su hija y atormentado por la idea de que la discapacidad pudiera desencadenar un agravamiento y muerte de su “niña”. Era necesario explicarle claramente que cuando cáncer y depresión están comórbidos, una enfermedad complica la gestión de la otra, pero que en realidad la discapacidad no tiene evidencia de ser un factor que precipite una mayor morbilidad de agravamiento y muerte por cáncer en personas con discapacidad intelectual. En realidad (preocupante para organizaciones como FEAPS), no existe una información específica sobre la incidencia y mortalidad del cáncer en estas personas, pero como tampoco parece existir en comparación con la población en general datos sobre la mortalidad por suicidio, de enfermedades infecciosas, consumo de tabaco u otras drogas. Y sobre los trastornos de ansiedad y la depresión, más allá de los que se asocian a los problemas de conducta. Tranquilicé al papá con un argumento paradójicamente nada tranquilizador, el de que la depresión de la joven probablemente tendría más consecuencias disruptivas en la conducta de la misma que en el agravamiento de la enfermedad oncológica, aunque ésta tenía una gran repercusión en la manifestación de los síntomas depresivos. En consecuencia y en mi opinión (teniendo en cuenta algunas peculiaridades de intervención psicológica en la discapacidad intelectual)[3] las intervenciones de carácter psicológico y psicosocial aplicables al resto de la población de jóvenes adultos con cáncer y depresión, son aplicables a los jóvenes con discapacidad intelectual leve o moderada. En todos los casos es oportuno que los psiquiatras que atienden a estas personas tengan en cuenta el contexto de desarrollo apropiado para la edad de estos pacientes, es decir, que al diagnóstico biomédico (básicamente farmacológico) se aporte diagnóstico de los factores psicosociales y, en consecuencia, de la necesidad del abordaje psicoterapéutico. En este punto considero relevante recordar la importancia de la educación para la salud en los jóvenes en general, incluidos, como no podía ser de otra forma, los jóvenes y adultos con discapacidad intelectual. La orientación psicoeducativa en salud es la mejor forma de prevención de los trastornos psiquiátricos.
Las innovaciones en el tratamiento del cáncer han permitido mejorar considerablemente las tasas de supervivencia para los afectados en su conjunto. Sin embargo la ocurrencia de síntomas físicos como fatiga, trastornos de la alimentación y trastornos del sueño se han convertido en secuelas habituales entre la población joven con cáncer o consecuencias de algunos tratamientos fármaco-psiquiátrico de éste. Estos síntomas somáticos de la respuesta depresiva a un diagnóstico de cáncer, su evolución y terapia, pueden condicionar la vida del paciente durante años, incluso una vez finalizado el tratamiento y superada la enfermedad oncológica.

Al padre de la joven adulta que me consultó y que se encontraba en pleno tratamiento citotóxico adyuvante, se le fueron aliviando las rumiaciones de ideas catastrofistas y la constatación de que la depresión más que un peligro inmediato para la vida de su hija (aunque no debemos olvidar que la depresión puede ser un predictor independiente de mortalidad en pacientes con cáncer), constituía un factor de gran sufrimiento psicológico y un peligro severo para la calidad de vida de la joven y de su familia. Y estas son las situaciones en las que los médicos deben saber derivar al enfermo y los psicólogos debemos saber intervenir.

[1] Eliza M. Park, Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Carolina del Norte (EEUU).
[2] Indicadores de salud en personas con discapacidad intelectual. Centro de Psicología Aplicada de la Universidad autónoma de Madrid. FEAPS (Confederación Española de Organizaciones en favor de las Personas con Discapacidad Intelectual).
[3] Recomiendo a los profesionales de la psicología que trabajan con personas con discapacidad intelectual, bien en centros de atención y ocupacionales o bien en su actividad privada, la formación especializada que suele convocar el Instituto Balear de Psiquiatría y psicología, en relación a la intervención psicológica en personas con discapacidad intelectual. Esta especialización me aclaró conceptos y me dotó de estrategias para este tipo de intervención.


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