El hombre que confundió a su mujer con un sobrero
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Espero que el contenido de este artículo sea de tú interés
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Hoy les traigo para su consideración un libro relativamente antiguo, de 1985, pero que en esencia está totalmente actualizado, además de ser de muy entretenida lectura. Es un libro para médicos y enfermos, pero también lo es de manera muy interesante para cultivadores de la psicología, lectores de novelas, y hasta para vagabundos y sedentarios, como comentó Pietro Citati en la presentación del mismo
El hombre que confundió a su mujer con un sombrero se convirtió inmediatamente en un clásico y consagró a su autor, el neurólogo Oliver Sacks como «uno de los grandes escritores clínicos del siglo» (The New York Times). En este libro, Sacks narra veinte historiales médicos de pacientes perdidos en el mundo extraño y aparentemente irremediable de las enfermedades neurológicas. Se trata de casos de individuos, aquejados por inauditas aberraciones de la percepción, y que, sin embargo, poseen insólitos dones artísticos o científicos. El doctor Sacks relata estos casos con pasión humana y gran talento literario. Son estudios que nos permiten acceder al universo de los enfermos nerviosos y comprender su situación. Como gran médico, Sacks nunca pierde de vista el cometido final de la medicina: «el sujeto humano que sufre y lucha». Es un libro antiguo (1985) pero en esencia totalmente actual y de entretenidísima lectura.
SINOPSIS
El caso que da nombre
al libro habla de un hombre con prosopagnosia[1],
incapaz de reconocer caras:
"Pareció también decidir que la vsita había terminado y empezó amirar en torno buscando el sobrero. Extendió la mano y cogió a su esposa por la cabeza intentando ponérsela. ¡Parecía haber confundido a su mujer con un sobrero! Ella daba la impresión de estar habituada a aquellos percances".
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En El hombre que se
cayó de la cama, el paciente no reconoce su propia pierna:
(...)
—¡Mírela! —chilló,
con una expresión de repugnancia—. ¿Ha visto usted alguna vez algo tan
horrible, tan espantoso? Yo creí que un cadáver estaba muerto y se acabó. ¡Pero
esto es misterioso! Y no sé... es espeluznante... ¡Parece como si la tuviera
pegada!
La asió con las
dos manos, con una violencia extraordinaria e intentó arrancársela del cuerpo y
al no poder, se puso a aporrearla en un arrebato de cólera. —¡Calma! —dije—.
¡Tranquilícese! ¡No se ponga así! No debe aporrear esa pierna de ese modo. —¿Y por qué no?
—preguntó irritado, agresivo. —Porque esa pierna
es suya —contesté—. ¿Es que no reconoce usted su propia pierna? Me miró con una
expresión en la que había estupefacción, incredulidad, terror y curiosidad a la
vez, todo ello mezclado con una especie de recelo jocoso.
En Reminiscencia nos habla de una mujer a la que sus ataques
epilépticos la devolvían al pasado.
"La señora O'C.,
cuando mejoró, y se recuperó del ataque, tuvo un período de tristeza y de
miedo. «La puerta se está cerrando», decía. «Estoy perdiéndolo todo de nuevo. »
Y realmente lo perdió, a mediados de abril cesaron las súbitas irrupciones de
sensaciones y música y escenas de infancia, sus súbitos «arrebatos» epilépticos
que la llevaban al mundo de la temprana infancia, que eran sin lugar a dudas
«reminiscencias», y auténticas"
Asesinato cuenta la historia de Donald que cometió un
asesinato del que no recordaba nada. Hasta que tuvo un accidente de bici en el
que se golpeó la cabeza.
"Se le interrogó con las debidas precauciones, con el mayor
cuidado para evitar cualquier insinuación o sugerencia... y pronto se hizo
evidente que se trataba de «reminiscencia» auténtica, aunque incontrolable.
Conocía ya hasta los detalles más nimios del asesinato, todos los detalles
revelados por el examen forense, pero que no se habían revelado en el juicio...
ni a él.
Todo lo que
antes había estado, o parecía, perdido u olvidado (incluso con hipnosis o con
una inyección de amital) era recuperado y recuperable ahora. Más aun, era
incontrolable; y aún más, completamente insoportable. Donald intentó suicidarse
por dos veces en la unidad neuroquirúrgica y hubo que administrarle
tranquilizantes fuertes y controlarle por la fuerza."
Los gemelos versa sobre dos hermanos que habían estado internados en instituciones desde los siete años, diagnosticados diversamente como autistas, psicóticos o gravemente retardados. Tenían una sorprendente habilidad numérica.
"Volví al pabellón al día siguiente, llevaba conmigo el valioso libro de números primos. Les encontré encerrados en su comunión numérica, como la vez anterior, pero ésta, sin decir nada, me uní tranquilamente a ellos. Al principio mostraron un cierto recelo, pero al ver que no los interrumpía reanudaron su «juego» de primos de seis cifras. Al cabo de unos minutos decidí incorporarme al juego, aventuré un número, un primo de ocho cifras. Se giraron los dos hacia mí, luego se quedaron de pronto silenciosos e inmóviles, con una expresión de concentración profunda y puede que de asombro. Hubo una larga pausa (jamás los había visto hacer una pausa tan larga, debió durar medio minuto o más) y luego súbita y simultáneamente sonrieron los dos.
Habían visto de pronto, tras un proceso interno incomprensible, que mi número de ocho cifras era un número primo... y esto les produjo claramente una gran alegría"
Y como éstas otras muchas historias donde cada afección neurológica es la base de una inquietante y singular experiencia vital. Un libro que no tiene desperdicio.
[1]
La
prosopagnosia es un tipo específico de agnosia visual que se caracterizada por
la incapacidad para reconocer rostros que nos son familiares e incluso, en los
casos más graves, el paciente puede no reconocerse a sí mismo en un espejo o en
una fotografía.
