El estrés laboral en el trastorno cardiovascular de los “tipos listos”
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A Propósito de Ti y de Mí ; SocioPsicología HOY
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En relación a los estilos de vida y los factores emocionales, una de las situaciones típicas que caracterizan nuestras manifestaciones de ansiedad se encuentra en el estrés laboral. Entre los retos de la vida moderna y de un mercado laboral complejo y cambiante, encontramos la primacía de la competitividad y recompensa del vencedor. Esta situación fuerza a las personas a una carrera contra reloj en la que prima la productividad. De hecho, la incorporación de las tecnologías digitales al entorno laboral es una consecuencia lógica de este valor imperante de eficacia, velocidad y desempeño. La causa del estrés no es atribuible a las herramientas tecnológicas como tales, sino a la utilización e integración inadecuada de innovaciones en los entornos profesionales y a la falta de preparación ante las mismas. El estrés laboral tiene su origen en el desnivel entre las exigencias de las demandas y los recursos de que dispone el individuo para afrontarlas adaptativamente. De igual manera, determinados entornos laborales son estresantes en sí mismos y por diferentes causas: condiciones de competitividad, innovaciones impuestas, decisiones unilaterales y arbitrarias, criterios injustos de evaluación, clima laboral enrarecido. Los efectos de todos los condicionantes de la aparición de estrés laboral dependerán en última instancia de la consideración y valoración que el propio trabajador haga sobre su realidad y de la vulnerabilidad que las características de personalidad en la percepción de situaciones estresantes.
Dentro de los
factores psicológicos de riesgo de que el estrés laboral desencadene trastornos
fisiológicos diferentes y especialmente problemas cardiovasculares se encuentra
el Patrón de Conducta Tipo A (PCTA). En pocas palabras el PCTA define a
aquellas personas que tienen una forma de vida que se puede considerar como
competitiva, con mucha implicación en el trabajo o con una gran sensación de
urgencia en las actividades que realizan, generalmente impositivos en sus
expresiones verbales y muy irritables ante la frustración. La impaciencia es uno
de sus rasgos característicos más llamativos. El hard driving de las personas
con patrón de conducta tipo A (que podemos traducir por un complejo de
hostilidad que integra impaciencia, ira, agresividad, preocupación
constantemente excesiva por el propio rendimiento, etc.) hace que ante
situaciones desafiantes, dependientes de tiempo y potencialmente
incontrolables, el porcentaje de riesgo coronario se dispare. En mi experiencia de trato con individuos de
destacadas características tipo A he podido constatar que se trata de personas
que imponen ritmo laboral a cualquier actividad, incluidas las familiares y las
de ocio, exigiendo cumplimiento riguroso a los demás sujetos que las comparten,
imponiendo las prisas de la oficina a todo. Incluso a la hora de colocar la
sombrilla en la playa, las contadas ocasiones que se les puede ver por allí,
hay un empuje competitivo con los vecinos de uno y otro lado de la arena.
Cuantifican, comparan, espían y fastidian a casi todos con los que se
relacionan, no saben delegar y tienden a ser unos “tipos listos”; de hecho no
es difícil encontrarse con PCTA que desarrollan o han ostentado a lo largo de
su vida cargos muy por encima de sus estudios y de su competencia, cosa que les
genera inseguridad en según qué casos y arrogancia en según qué otros. Los
tipos A trabajan más que nadie, rinden más en tareas estandarizadas, son
especialmente sensibles a la recompensa monetaria y se sienten como pez en el
agua en entornos ruidosos. Un niño tipo A siempre carga más peso cuando se le
pide que traslade objetos y se queja menos.
Teniendo en cuenta que el PCTA recoge también la noción de adicción al trabajo extrema y potencialmente tóxica, sustentada en los conceptos de urgencia y competitividad hostil, desde la observación clínica se ha establecido que estos individuos viven patológicamente la autorreferencia, es decir, la exageración de la propia importancia. Este autobombo junto con el complejo de hostilidad supone un alto riesgo para la salud de estas personas.
Es un hecho conocido
popularmente que el estrés y las tensiones emocionales guarda una estrecha
relación con las enfermedades cardíacas. Las repuestas adaptativas que seamos
capaces de dar ante las situaciones amenazantes de alta frecuencia e intensidad
afecta positiva o negativamente a los tejidos corporales, en el caso del
corazón mediante el incremento de la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la secreción de
catecolaminas (hormonas que preparan el cuerpo para la actividad física), lo
que se traduce en una mayor demanda de oxígeno por parte del miocardio, con
riesgo de provocar una insuficiencia coronaria y la traducción en posibles
lesiones miocárdicas. En los PCTA, sus principales rasgos definitorios: agresión,
hostilidad e ira, forman lo que se conoce como síndrome AHI, que incluye
agresión, como mecanismo instrumental dirigido a eliminar obstáculos entre el
sujeto y sus metas como consecuencia de la frustración de los intentos de
influir en los otros; hostilidad como manifestación de los sentimientos
negativos hacia los demás, e ira como expresión de insatisfacción de
necesidades y donde los impulsos primarios, que varían en su intensidad,
provocan enojo, irritación y rabia. Este síndrome AHÍ produce una descarga masiva
del Sistema Nervioso Simpático (que inerva la musculatura lisa, el músculo
cardíaco y las glándulas de todo el organismo humano) y predice sustantivamente
la aparición de problemas coronarios y de arterioesclerosis. El exagerado nivel
de hipervigilancia de estos individuos A presenta una gran asociación también
con niveles elevados de respuesta neuroendocrina, que contribuyen al desarrollo
de enfermedades del corazón.
El PCTA se adquiere a
través de aprendizajes sociales. Se detecta ya en la adolescencia y es
dependiente de la cultura, es decir, tiene una dimensión situacional e
interactiva en un determinado medio, se gesta en un entorno específico y es ahí
donde se producen los trastornos fisiológicos que se le asocian. No se trata de un rasgo
estable de la personalidad, en consecuencia es modificable y prevenible
mediante el aprendizaje y el entrenamiento adecuado que doten al individuo de
herramientas eficaces para afrontar las condiciones psicosociales que lo
propician.
