Si pienso en positivo, ¿por qué siento en negativo?

Medicina psicosomática, psicología, salud, trastornos mentales, psicoterapia, ansiedad, depresión
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A Propósito de Ti y de Mí ; SocioPsicología HOY

En realidad existen tantos trastornos psicológicos como seamos capaces de inventar. A menudo cavamos bajo nuestros pies trampas de las que luego nos es difícil de salir. Muchos son los trastornos patológicos que nos afectan y deterioran nuestra experiencia psicológica, pero también los hay que vienen dados por la sobredosis de un comportamiento sano y adaptado, entre estas últimas podemos incluir el ser víctimas de uno de los mitos modernos más extendidos, el del pensamiento positivo. Este mito, que viene de la filosofía estadounidense del piensa positivo y todo irá bien, tuvo una gran difusión en la década de los 60 del siglo pasado con la beat generation y los movimientos new age. En la actualidad tiene su continuación en las filosofías tibetanas, el piensa y produce y las leyes de las atracciones. Y es que al decirle a una persona que está triste, abatida o incluso deprimida que piense en positivo, usualmente se consigue el efecto contrario. Se deprime todavía más.

¿Cuándo funcionan este tipo de pensamientos? Cuando las cosas ya van bien, es entonces cuando, pensando en positivo puedes hacer que las cosas vayan mejor. En cambio, hacerlo cuando la situación es trágica suele producir un efecto devastador, es decir, nos hunde más. Si una emoción como la tristeza, eminentemente adaptativa aparece día tras día, mejor hacerle caso. Su función principal es la de digerir y procesar los duelos, las acciones, en definitiva, la realidad que estás viviendo. Es dar tiempo a poder reordenar las cosas, situando y encajando los golpes que a veces nos da la vida.
En los últimos tiempos vivimos bajo el yugo del optimismo en píldoras y parece que la solución a todos los males es una “actitud adecuada o positiva”. El pensamiento positivo vende libros de autoayuda, consagra gurús, saturan de mensajes de buenas intenciones las páginas de Facebook y llenas Twitter de frases hechas tan bienintencionadas como retuiteadas, pero sin efecto alguno sobre el cambio vital. El pensamiento positivo vende no porque funcione de una manera inequívoca, sino porque nos genera la esperanza de que nuestra vida pueda mejorar “pensándola”. ¿Quién puede resistirse a ese bálsamo de triunfador en cuya etiqueta reza que tu buena suerte es cuestión de actitud? El reverso aún más sombrío de esta campaña es que la sociedad y la educación no son en absoluto responsables de tu mala situación, eres tú el que no gestionas bien tus emociones ante la vida. Es el lado negativo de pensar en positivo para todo y en cualquier situación.



“Si quieres controlar a la gente diles que piensen positivamente y que si su vida va mal es por su culpa.”

Suele ocurrir que en ese empeño por ser positivamente feliz resulta difícil sortear los embates de la tristeza. Obviamos que lo más importante para superar un estado de tristeza, de melancolía, de ansiedad o depresión, es necesario concederle un espacio para concentrarnos en las cosas que nos hacen sufrir y tomar conciencia de las acciones que tenemos que emprender para conseguir superar esas situaciones. Paradójicamente y contrariamente al pensamiento positivista a ultranza, si queremos ser felices debemos darle un espacio a la tristeza, respetarla.
Cuando más efectivo resulta el pensar con positividad en las cosas que nos pasan es en los momentos en que somos capaces de ajustar nuestros ritmos cognitivos (pensamientos) a nuestros ritmos emocionales, aquellos que nos llevan a comportarnos positivamente, como es el de buscar ayuda cuando tenemos un problema.

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