Dolor, emociones y depresión: apunte psicoterapéutico
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A Propósito de Ti y de Mí ; SocioPsicología HOY
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El dolor neuropático (como los causados por lesiones en la médula espinal, esclerosis múltiple y accidentes cerebrovasculares de tipo isquémico o hemorrágico) es una de las fuentes de estrés más importantes en el ámbito de la salud. Cuando el dolor es persistente enfrenta al individuo no sólo con el estrés causado por el dolor, sino con numerosos factores estresores que abarcan todos los aspectos de la vida de la persona. La forma en que valoramos y afrontamos las situaciones de dolor que afecta a nuestro sistema somatosensorial, tiene un fuerte impacto en el estado emocional y en las respuestas conductuales frente al dolor.

El dolor provoca distorsiones cognitivas, como son los pensamientos catastrofistas. Estos pensamientos se caracterizan principalmente por una sobreestimación de las consecuencias negativas del dolor y una desvalorización de las propias capacidades del individuo para afrontarlo. Estas distorsiones son un problema que debe tener muy presente el psicoterapeuta desde el primer minuto en que acude a consulta una persona que ha sufrido alguna enfermedad neurológica principalmente porque este tipo de cogniciones catastrofistas se acompañan de una intensidad del dolor más elevada, mayores dificultades de afrontamiento y miedo. El miedo al dolor contribuye a fomentar las conductas de evitación potencialmente adversas, a mantenerse inactivo frente al sufrimiento y a generar discapacidad, constituyéndose en un gran obstáculo para la realización efectiva de una terapia de rehabilitación neuropsicológica, es decir del aprendizaje destinado a mejorar el funcionamiento cerebral tras un problema neuropatológico (mejora de la atención, de la velocidad de pensamiento, de la memoria, de la capacidad de resolución de problemas, habilidades lingüísticas, etc.).
Los trastornos de ansiedad se relacionan
frecuentemente con el dolor en general y con el neuropático en particular. Es
un síntoma predictivo de discapacidad. Suele aparecer con la incertidumbre y el
desconocimiento de las causas del dolor. La ansiedad facilita el aumento de la
tensión y, en consecuencia, de la intensidad del dolor. En estos casos hemos de
estar preparados para combinar una acción terapéutica basada tanto en la
intervención educativa por parte del profesional de la salud para afrontar los
pensamientos catastrofistas y de miedo, como emplear un tratamiento psicológico
específico como el E.M.D.R,
como cualquier otro aplicable a casos de estrés postraumático.
Entre un 40%-50% de los pacientes con dolor crónico
sufren estados depresivos. En la mayoría de los casos la depresión suele ser
reactiva a la situación de dolor. Dos factores parecen mediar en esta relación
entre dolor y depresión: por un lado la valoración que realiza el paciente de
los efectos del dolor en su vida, y por otro, la evaluación que hace de su
habilidad para ejercer algún control sobre su dolor y vida, lo que se conoce como
percepción de autoeficiencia. Los pacientes que creen que pueden continuar
activos a pesar del dolor y que pueden mantener algún control sobre éste,
tienen menos probabilidades de presentar distimia, episodio de depresión mayor,
o acabar por padecer un trastorno de depresión mayor. Como se puede observar,
en actitudes como esta o su contraria, encontramos la gran interdependencia
existente entre cognición y emoción. El pensamiento afecta al humor, y el humor
influye en la valoración y, en definitiva, en la experiencia misma del dolor.
Es muy importante ser consciente y transmitir
empática y acertadamente el papel significativo que tiene el humor negativo en
los pacientes con dolor crónico, ya que influye en la motivación hacia el tratamiento
y el cumplimiento de éste, sin dejar de tener en cuenta que un malestar
emocional significativo pude hacer disminuir el umbral de tolerancia al dolor.
Los malestares emocionales persistentes se
han de tratar paralelamente al tratamiento médico.