Influencias psicosociales en los trastornos de la alimentación

Medicina psicosomática, psicología, salud, trastornos mentales, psicoterapia, ansiedad, depresión

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Nunca antes habíamos tenido tal disposición ni tanta calidad disponible de los alimentos a nuestro alcance en las sociedades occidentales industrializados, y durante tanto tiempo. Paralelamente a esta realidad han emergido conductas, mayoritariamente entre mujeres de 15 a 35 años de edad, que en muchos casos ha derivado en verdaderos problemas con la alimentación. En las últimas dos décadas entorno a un 3,5% de esta población, conforme a la Organización Mundial de la Salud, padecen un trastorno de la alimentación en forma de anorexia, bulimia, sobrealimentación y obesidad. 

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La regulación de la sensación de hambre está trastornada en las personas que tienen problemas severos de alimentación. Los pacientes obesos se encuentran, en general, más influidos por los estímulos externos en su necesidad de comer que por los estímulos fisiológicos internos. Los pacientes obesos no saben cuándo tienen hambre. En el sobrepeso ocurre que el apetito se despierta, además de por los estímulos externos sociales y culturales relacionados con los hábitos alimenticios, por situaciones de malestar, por los sentimientos de culpa y por el estrés. La anorexia y la bulimia coinciden en el hecho de que en ambos casos existe una relación con la satisfacción oral de las necesidades, es decir, se vive la fijación patológica por la comida como una dependencia positiva en el caso de la bulimia y como una dependencia negativa de rechazo a la comida en los casos de anorexia, tanto en su subtipo compulsivo/purgativo (atracones y purgas en forma de vómitos) como en el restrictivo (dietas exageradas, ayunos prolongados). 
La idea general compartida por la mayoría de los profesionales de la salud relacionados con los trastornos de la alimentación, especialmente en los casos de anorexia y bulimia, y en relación con las características de personalidad, es que en estas niñas adolescentes (tomamos como base la mayoría de la población afectada por estas patologías), comparten tendencias a mostrarse complacientes y conformistas, lo que les genera notables dificultades para adaptarse satisfactoriamente a las tensiones propias de la pubertad. Inestabilidad, impulsividad y desinhibición son rasgos compartidos por los pacientes con trastornos de alimentación, que se acentúan más en los casos en los que la enfermedad cursa con la conducta compulsivo/purgativa. Algunos estudios muy importantes relacionan trastornos de la alimentación con historias anteriores de abusos sexuales en los casos en que además existe un trastorno límite de la personalidad, o lo que es lo mismo, cuando la persona está diagnosticada por sufrimiento para regular sus emociones y pensamientos, tiene un comportamiento impulsivo e imprudente y la inestabilidad es la tónica común en su relación con los demás.
Los trastornos de la alimentación tienen un componente cognitivo fundamental en la percepción de la alteración corporal. Cuanto se produce una alteración de nuestra propia imagen corporal es por dos razones, fundamentalmente. Por un lado porque se produce una distorsión perceptiva y por otro porque se nos genera insatisfacción corporal. La distorsión perceptiva es aquella que nos mengua la habilidad para percibir correctamente el tamaño de nuestro cuerpo. La insatisfacción corporal es la que nos da la medida de hasta qué punto un sujeto está a gusto o no con sus medidas corporales, y más concretamente con partes del mismo, como los muslos, las caderas y el abdomen, principalmente.
Si bien no se puede establecer de forma inequívoca patrones de personalidad mediadores de los trastornos de la alimentación (estas patologías pueden alcanzar a cualquiera), sí que se establece claramente la influencia los aspectos socioculturales, como el culto a la delgadez, la obsesión postmoderna por alcanzar unas medidas y un peso “ideal”, por vivir en los “cuerpos de otros”, que abocan al consumo de dietas mágicas, regímenes milagrosos, aparatos fantásticos para adelgazar mientras se duerme o se trabaja sentado en la oficina, llenan las clínicas de adelgazamiento y los gimnasios. Los modelos de vida dominados por esta cultura de culto al cuerpo, donde la dismorfia corporal se promueve como sinónimo válido de éxito, felicidad e incluso salud, nos pueden situar a casi todos al filo del trastorno alimenticio y aumenta las posibilidades de enfermedad mental. En la adolescencia estas obsesiones pueden acabar convirtiéndose en una verdadera pesadilla. 
Las relaciones familiares son un componente psicosocial de indudable repercusión en los trastornos de la alimentación, en algunos casos suponen una causa directa de la presencia de la patología, en otros, por el contrario, las alteraciones en la familia son consecuencia lógica del trastorno alimentario. En muchos pacientes anoréxicos y bulímicos las relaciones de complacencia entre los miembros de la familia mediante la negación de conflictos o la no manifestación de sentimientos negativos suele esconder desajustes en las miembros más vulnerables de la familia. De hecho, la chica anoréxica suele ser un modelo ideal de hija perfecta, estudiosa, obediente y educada, con la que parece que no haya que solucionar ningún conflicto de convivencia familiar. Sin embargo, la sobreprotección implícita en estas conductas, como la negación de la adolescencia, la evitación de discusiones en una falsa apariencia de bondad, o la falta de definición de límites, están en la génesis de muchos de los trastornos de la alimentación.

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