El trastorno dismórfico : complejos del siglo XXI en aumento

Medicina psicosomática, psicología, salud, trastornos mentales, psicoterapia, ansiedad, depresión

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El Trastorno Dismórfico (TDC en adelante) es una patología propia de la clínica psicosomática de los trastornos somatomorfos que se caracteriza por una preocupación persistente por defectos físicos o deformaciones imaginadas, que ocupan la vida mental del sujeto con las características de una auténtica obsesión. Las quejas más usuales son el tamaño o forma de la nariz, de la simetría de los hombros, del tamaño de los pechos y del peso. Se trata de una variedad de trastorno mental de tipo obsesivo compulsivo, en el que quien lo padece exagera sus imperfecciones físicas (su propia imagen corporal), sean estas reales o imaginarias llevando a una preocupación excesiva y fuera de lo normal por este motivo. Todos nos observamos las ojeras, las bolsas, las espinillas, si engordamos o adelgazamos, y en general lo hacemos con una preocupación adaptada que no nos condiciona nuestra vida cotidiana, a lo más nos preocupamos por seguir una dieta, hacernos una limpieza de cutis o algún otro arreglo aquí y allá, son en cualquier caso pensamientos que vienen y van; sin embargo, la persona que sufre TDC se avergonzaría de cualquiera de estas cosas, las sacaría de contexto y de quicio, generándose a sí misma episodios de depresión, ansiedad y angustia al querer ocultar su “grave defecto”. Ver defectos donde no los hay o exagerar los que se padecen está detrás de una de las epidemias más importante de nuestro siglo, los trastornos alimentarios anoréxicos. Las fijaciones obsesivas del trastorno psicosomático dimórfico se suelen centrar en la cara, el cuerpo (a nivel anatómico) y el olor corporal, aunque no es raro que afecte a otras muchas partes del organismo interno. Quien padece este problema acude antes al cirujano plástico que al psicólogo, aunque finalmente en algunos casos lo hacen al comprender que de lo que se trata es de un problema de autoestima, y que en realidad, la imagen que uno proyecta es la que tiene de sí mismo, aunque las exigencias de ciertos estereotipos sociales impuestos a base de marketing y publicidad, llevan a mucha gente a sentir complejos y a traumatizarse con por defectos que en muchos casos ni siquiera tienen. No es este un problema psicológico baladí, ya que se estima que dos de cada cien personas lo padecen, y esto teniendo en cuenta que suele ser una patología llevada muy en secreto. El trastorno dismórfico corporal suele comenzar en la adolescencia, pero puede afectar a grupos de todas las edades, y se da tanto en hombres como en mujeres.

Los síntomas del TDC varían de persona a persona. Algunas evitan el contacto social, porque les crea ansiedad y estrés. Otras personas se exponen públicamente, pero están constantemente nerviosas y acomplejadas. Quien padece de un trastorno dismórfico corporal esconde aquella parte de su físico que le preocupa, usando prendas de vestir gruesas, cambiando de postura o usando mucho maquillaje. El trastorno dismórfico corporal también puede hacer que la persona se compare con sus amigos, o con los famosos que aparecen en las revistas y en la televisión (este es un trastorno muy frecuente entre estas “personalidades”). El TDC puede tratarse, pero suele tener una alta característica recidivante (se repite), por lo que es muy posible tener que convivir con él durante años, la psicoterapia consigue alargar mucho la frecuencia de reaparición de los síntomas y también puede conseguir modificarlos definitivamente. Sin embargo, en ocasiones, los síntomas son tan graves que a la persona genera ideaciones de suicidio o se autolesiona por una compulsión de cirugía casera. Se desconoce la causa exacta del trastorno dismórfico corporal. En el mismo pueden intervenir factores genéticos, ya que las personas con trastorno dismórfico corporal tienen más probabilidades de tener algún familiar que padezca de dicho trastorno. Es posible que el cerebro de la persona tenga cierta dificultad para procesar lo que esta ve cuando se mira a sí misma, o bien pudiera existir otro desequilibrio químico. Algunas experiencias de la vida, tales como el maltrato o el acoso, pueden disparar el trastorno dismórfico corporal.



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