Un cuerpo para dos

Medicina psicosomática, psicología, salud, trastornos mentales, psicoterapia, ansiedad, depresión

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No sé si sabrán que en la psiquiatría biomédica hace tiempo que permanece abierto un debate sobre si el transexualismo debería ser considerado un trastorno mental. También conocemos de la ineficacia terapéutica de querer ajustar la mente al cuerpo en el caso de las personas que se identifican mentalmente con el sexo opuesto al que presenta su biología. Lo que sí ha venido funcionando en estos casos han sido los tratamientos de reasignación de género, en los que se emplea hormonoterapia, con o sin cirugía. En este sentido cabe tener muy presente, para los pacientes o incluso para los psiquiatras y psicólogos que, en estos casos la psicoterapéutica es una intervención a priori y a posteriori al tratamiento hormonal. Preventivamente al mismo con el objetivo de ayudar a afrontar a la persona los cambios sobrevenidos a partir de la intervención clínica hormonal y quirúrgica, esta acción psicológica es importante para enfrentarse a otros problemas no relacionados con el género pero que se presentan con el cambio del mismo. La intervención psicológica después del cambio corporal es necesaria para afrontar dificultades emocionales, sociales y sexuales derivadas de la nueva apariencia. Lo que está fuera de lugar, aunque algunos profesionales se empeñen, más por motivos ideológicos o morales que científicos, lo que es poco admisible en un profesional de la psicología y la psiquiatría, es la cabezonería de pretender ajustar la mente al cuerpo sin atender a que el transexualismo forma parte, nos guste o no, de la diversidad humana.

Durante años y aún persiste en la actualidad, ciertos profesionales, especialmente médicos psicoanalistas han declarado en situación psicótica a la persona transexual. Es decir, han concluido que se trata de personas fuera de la realidad; el objetivo de este psicodiagnóstico no ha sido otro que encerrar una situación con el fin de aliviar la angustia que produce lo “desconocido”. Como suele ocurri desde la medicina tradicional y la psicología clínica adherida a la misma, se ataca el síntoma de un paciente percibido, en demasiadas ocasiones, en el marco dogmático de las perversiones, las parafilias o las psicosis. Cuando esto ocurre el paciente pierde su condición de sujeto por la de objeto y es entonces cuando se pretenden “encauzar” las supuestas distorsiones de identidad u orientación sexual. Es decir, el transexual, como todavía ocurre con el homosexual, es considerado como un enfermo. Desde la perspectiva biopsicosocial se considera que no es anormal que en la mayoría de las personas transexuales pueden llegar a manifestar diferentes grados de neurosis adaptiva provocada principalmente por situaciones de ansiedad, y también por depresión y trastornos de conducta. Cuando las reacciones al estrés son desproporcionadas estas neurosis interfieren significativamente con la capacidad de continuar trabajando, con las relaciones sociales, el ocio, etc. Hay que tener en cuenta que la transexualidad es ampliamente rechazada socialmente. En la mayoría de los casos esta situación neurótica queda superada mediante terapia tríadica (psicológica, hormonal y quirúrgica). Debemos tener claro que, una vez superado el cambio de género, en realidad no nos encontramos con una identidad psicológica femenina o masculina perfectamente definida, sino que estamos hablando de otro género, de una forma de sentir que tiene sus propias particularidades, que en muchos casos acaba por alinearse socialmente en los estereotipos del nuevo género adoptado y más acorde con su ajuste mental. También es posible dar a esta nueva condición un lugar diferenciado, un espacio en el que la persona, con todas sus dudas y certezas, trata de fijarse una meta e imprime en ella todas sus potencialidades, donde los cromosomas no determinan inequívocamente la condición mental y la vivencia social.

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