Consume todas las calorías que quieras que nosotros no te las cobramos

Medicina psicosomática, psicología, salud, trastornos mentales, psicoterapia, ansiedad, depresión


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Menos agua y cerveza, las nuevas campañas fat food ofrecen el consumo de refrescos, o mejor, de bebidas azucaradas y edulcoradas, que parece estar teniendo un éxito descomunal. Comer una hamburguesa con patatas a un precio módico y hartarse de “refrescos” arrasa aún más de lo que ya lo hacía. En el siguiente enlace podrán leer un amplio artículo sobre este tema, al final de este comentario. Pero antes, quisiera ofrecerles algunas consideraciones desde el punto de vista de la psicología. Todos sabemos que lo que comemos puede cambiar nuestra apariencia física. También altera la forma como funciona el cuerpo, facilitando o dificultando el bombeo de la sangre, el desarrollo de huesos saludables o la síntesis de insulina. En 2012 las investigaciones también evidenciaron que lo que comemos también altera las funciones cerebrales. En este sentido, el sabor de la comida chatarra modifica los mecanismos cognitivos capaces de controlar los comportamientos compulsivos, provocando una predisposición a consumir con frecuencia este tipo de comida. En concreto, el doctor Goldstone (dieta y funciones cerebrales), mostró que la corteza orbitofrontal del cerebro puede jugar un papel importante en la forma en la que nos alimentamos, se trata de un área que codifica el valor del alimento en relación a lo gratificante o placentero que nos resulta.
De hecho, cuando preguntamos a diferentes personas consumidores habituales de fat food, la respuesta suelen ser calcomanía (calcomaníacas si se me permite acuñar este término) : “por el sabor”. Efectivamente, el enganche que nos lleva a la conducta de consumo de la comida chatarra, es el factor psicológico del sabor. Naturalmente que la comida a la que nos referimos está potenciada por glutamato monosódico, sustancia que potencia la acción de las papilas gustativas (Universidad de Purdue, USA, 2001), haciendo más intenso los sabores. Pero, y todo con esto, lo que nos induce a consumir estos productos se basa en un aprendizaje relacionado en cómo las comidas con mayor contenido en calorías o que aumentan los niveles de azúcar en sangre, estimulan las zonas de placer en el cerebro, básicamente es el mismo procedimiento que sucede con el consumo de tabaco u otras drogas y estimulantes. Otro aspecto psicológico relacionado con el consumo de estos alimentos lo encontramos en la publicidad. Hace años que encontramos acciones de marketing directo en la promoción de la venta de comida rápida, como son la colocación de juguetes, la organización de eventos deportivos o la permanente promoción de paquetes especiales que tienen como objetivo de crear en el cliente la percepción del dinero bien empleado. Podemos sin duda asegurar que el tipo de televisión que ven las familias influye en los hábitos de consumo en general y de alimentación en particular. No nos debemos llevar a engaño pensando que esto ocurre en familias donde se producen situaciones de inseguridad alimentaria, es decir, aquellas con ingresos más limitados y caer en el tópico que la comida barata es consumida preferentemente por familias con recursos económicos limitados. Al contrario, la influencia de este tipo de publicidad, parece afectar en mucha más medida, a las casas donde existe seguridad alimentaria. Se considera que una familia tiene seguridad alimentaria si tiene un acceso fácil a los alimentos. En el seno de estas familias pueden permitirse los antojos que nos ofrecen los anuncios en televisión. Conforme a conclusiones de estudios realizados por la Universidad de Michigan, los niños que viven en hogares donde los padres ven de forma regular la televisión con anuncios consumían más comida basura y eran más propensos a tener una visión distorsionada de lo que es la comida sana que los niños que viven en casas donde los padres veían en la televisión contenidos grabados digitalmente sin anuncios u otro tipo de medios de comunicación sin anuncios de alimentos.

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